¿Por qué hay pacientes que no mejoran aunque hagas todo “bien”?
En la práctica fisioterapéutica, todos hemos tenido pacientes cuya evolución clínica no responde como esperábamos. Se siguen los protocolos, se aplican las técnicas adecuadas, hay adherencia al tratamiento… pero la mejoría es parcial, intermitente o directamente inexistente. Esta situación, lejos de ser infrecuente, nos obliga a revisar nuestras herramientas diagnósticas y terapéuticas, pero también a preguntarnos: ¿qué otros factores están influyendo cuando el cuerpo no responde como debería?
Desde una mirada tradicional, se suele atribuir la falta de evolución a causas como estrés, falta de reposo, comorbilidades o aspectos estructurales no resueltos. Sin embargo, cuando estas variables han sido tenidas en cuenta, la explicación empieza a volverse difusa. Es en este punto donde la Fisioterapia Energética Integrativa ofrece una clave distinta: considerar al paciente no solo como un sistema biomecánico, sino como un ser integral en el que lo físico, lo emocional y lo energético están en constante interacción.
El paradigma de lo lineal: una trampa para el razonamiento clínico
Estamos formados para pensar en términos causa-efecto: si aplico esta técnica, debería mejorar este tejido; si corrige esta postura, debería ceder el dolor. Pero los seres humanos no funcionan de manera lineal. Hay variables subjetivas, experiencias previas, conflictos no resueltos y memorias corporales que inciden en la forma en que un síntoma aparece, se sostiene o se transforma.
Un paciente puede tener una lesión menor pero un dolor incapacitante, mientras otro con un daño importante apenas refiere molestias. Esta discrepancia no se resuelve solo con biomecánica. Requiere una comprensión más profunda del sistema cuerpo-mente-energía, tal como lo propone la medicina oriental y se integra en la Fisioterapia Energética Integrativa.
Cuando el cuerpo se convierte en un espejo emocional
Muchas veces, lo que el cuerpo está haciendo es manifestar una tensión que no ha podido canalizar de otra forma. Por ejemplo:
- Una contractura recurrente en el trapecio puede reflejar una sobrecarga emocional sostenida.
- Una ciática sin hallazgos neurológicos puede vincularse con una sensación de falta de dirección vital.
- Una dorsalgia persistente puede aparecer en pacientes que viven bajo presión constante por “sostenerlo todo”.
Desde esta perspectiva, el síntoma no es solo una disfunción: es un lenguaje corporal. Un mensaje que, si se escucha y se comprende, puede abrir nuevas puertas en el tratamiento. Pero si se ignora o se trata solo como un error físico, tiende a cronificarse o a desplazarse.
¿Qué puede estar fallando cuando todo parece estar bien?
Hay algunos indicadores clínicos que nos sugieren que puede haber algo más implicado:
- Tratamientos correctos pero sin respuesta significativa.
- Síntomas que “migran” de una zona a otra del cuerpo.
- Pacientes que mejoran pero recaen sin causa aparente.
- Dolor desproporcionado al daño estructural.
- Sensaciones subjetivas extrañas: hormigueos, sensación de frío o presión sin hallazgo clínico.
En estos casos, conviene ampliar la anamnesis, no para diagnosticar emocionalmente, sino para comprender el momento vital del paciente. ¿Está atravesando una crisis? ¿Se siente escuchado y sostenido? ¿Cómo percibe su cuerpo y su salud?
Desde la Fisioterapia Energética Integrativa, se enseña a incluir estos aspectos en la valoración, sin invadir otros campos profesionales, pero con la sensibilidad necesaria para abordar al paciente como un todo.
La energía como elemento regulador del proceso de curación
Desde el enfoque energético, todo síntoma físico tiene una resonancia en el campo energético del paciente. Si este campo está bloqueado o alterado, los mecanismos de autorregulación corporal no se activan plenamente. Es decir, se puede aplicar la mejor técnica, pero si el terreno interno no está disponible, el resultado será limitado.
Por ejemplo, un sistema nervioso simpático hiperactivado —producto de un estrés crónico no gestionado— impide que el cuerpo entre en estado de recuperación. En estos casos, más que insistir con técnicas de descarga, puede ser más útil activar el sistema parasimpático, trabajar con la respiración o desbloquear centros energéticos que favorezcan un estado de receptividad interna.
El cuerpo no mejora por lo que le hacemos, sino por lo que facilitamos que haga por sí mismo. Y para que eso ocurra, muchas veces es necesario intervenir también en lo energético.
Casos reales: una visión clínica ampliada
Un caso común: paciente con fascitis plantar tratada con todo el arsenal terapéutico. Mejora parcial, pero vuelve a recaer. Al revisar su historia, se revela un contexto emocional de rigidez, control y presión por avanzar sin parar. La fascia, desde su simbolismo, representa el sostén y la contención. Se realiza un trabajo integrador, incluyendo liberación miofascial y desbloqueo energético del primer chakra. A partir de ahí, el dolor comienza a ceder.
Otro caso: hombro congelado en una mujer de mediana edad, sin causa aparente. Tras semanas de tratamiento convencional, se explora su vivencia emocional. Aparece una experiencia de duelo no transitado. La rigidez se vuelve una metáfora corporal. Se aplican técnicas de liberación somatoemocional y contacto energético, acompañadas de un espacio de escucha. El hombro comienza a recuperar movilidad.
Estos ejemplos muestran que muchas veces no se trata de hacer más, sino de hacer desde otro lugar.
Un cambio de mirada, no de profesión
Integrar lo emocional y lo energético en fisioterapia no significa convertirse en terapeuta holístico o dejar atrás lo aprendido. Significa enriquecer la práctica, ampliar la capacidad de observación y ser más precisos en la intervención. Significa reconocer que el cuerpo no está separado de la historia de vida del paciente.
Muchos de estos enfoques se trabajan de forma más profunda en el programa de Fisioterapia Energética Integrativa, donde se aprende a mirar más allá del síntoma físico y entender al paciente en su totalidad:
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